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Videochat porno | Lila MIS DATOS
NOMBRE:  LILA
EDAD:  40 AÑOS
VIVO EN:  MADRID (ESPAÑA)
SEXO:  MUJER
TENDENCIA SEXUAL:  BISEXUAL
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Recuerdo que era un dia normal de entre semana; quizás fuera miércoles o jueves. Mucho calor. Un día triste y aburrido, sin nada de especial y sin un duro. A media tarde, recordé que mi amigo Jose me debía ciento veinte euros e inmediatamente lo llamé al móvil:

-Cielo… ¿tienes los ciento veinte que te presté?... estoy sin un duro.

-Si cari… pásate esta noche por el pub y te los doy… ¿vale?... sobre las diez.

-Ok… a las diez estoy allí… un beso.

Tardé solo quince minutos en ponerme algo cómodo; y sin maquillarme siquiera, coger el autobús. Mis planes eran tomarme una copita, cobrar lo mío y volver a casa. Debería de haber previsto que las cosas nunca me salen como las planeo… la puta Ley de Murphy. Una vez en el pub de Jose, después de una copita llegó otra….

-Jose… venga… dame lo mío que quiero irme prontito a casa.

-Tomate otro chupito y me haces compañía… venga – insistió Jose.

-Venga….

Y tres copitas, cuatro copitas… Cuando quise darme cuenta, estaba en la puerta del pub, apoyada en la pared, con la quinta o sexta copa en la mano, buscando aire fresco y sin la menor intención de volver a casa.

Fue entonces cuando aparecieron. Serían unas veinte chicas; todas con su puntito de alegría etílica y muchas ganas de juerga. Entraron al pub y un minuto después salió Jose:

-Lila… échame una mano, que acaba de entrar un cumpleaños y tengo el pub a tope.

Ya estaba acostumbrada a ayudar a Jose en algunas ocasiones; así que no hizo falta contestar. Le sonreí y entré detrás de la barra. Dos segundos después, tenía frente a mí, al otro lado, a una preciosidad morena, delgadita y frágil, llena de pecas y con una increíble sonrisa:

-Veinte chupitos de Jack y veinte cervezas… y enróllate con el precio cariño que es mi cumpleaños…

Y me salió del alma. Jose sabía de mis prontos detrás de la barra y me los permitía. Gracias a ellos, algunos clientes se habían hecho fijos.

-Ah… ¿sí?... felicidades… mira, a los veinte chupitos te invito yo.

-¿Qué dices?... ¿En serio? – pregunto con expresión de asombro.

-Claro… mi regalo de cumpleaños.

-Gracias… ¿Cómo te llamas?

-Lila.

-Yo me llamo Lucía.

Y ni siquiera cuando nos dimos los dos besos de rigor, casi subiéndome a la barra, me imaginé lo que sucedería después; a pesar de que nuestros labios llegaron a rozarse tímidamente y el olor de su pelo me dejo ausente durante un breve pero intenso segundo.

Poco ayudé a Jose a partir de ese momento. Entraba a la barra solo para rellenar los vasos de chupito. Una vez rellenos, volvía a salir y me convertía en la chica número veintiuno del cumpleaños; bailando, bebiendo, riendo… Y así fueron pasando las horas y las chicas se iban despidiendo de Lucía conforme se iban acercando las cuatro de la madrugada. En un breve momento de lucidez, volví por un instante a la realidad y solo quedábamos Lucía y yo para seguir con la fiesta de cumpleaños. Jose ya estaba barriendo y la persiana estaba bajada a la mitad.

-Lila… ¿os venís con Aurora y conmigo a tomar la última? – me preguntó Jose.

-¿Tu qué dices Lucía? – pregunté.

-Si… claro… me lo estoy pasando genial.

Diez minutos después, estábamos los cuatro en otro local, lleno de gente hasta el techo; tanto, que era imposible dejar el más mínimo espacio entre nuestros cuerpos y me volvió a invadir el olor a miel y tabaco del pelo de Lucía. Entonces me di cuenta de cuánto habíamos intimado, de hasta qué punto habíamos conectado y me pareció imposible que nos hubiéramos conocido aquella misma noche.

-Lila… ¿me acompañas al baño? – era la voz de Lucía.

Asentí con la cabeza y con una sonrisa. Entramos las dos juntas, cerramos la puerta y me apoyé en la pared fumando un cigarrillo mientras Lucía se bajaba los vaqueros, las braguitas y se sentaba a hacer pis. Todo normal. Una situación de los más habitual entre dos chicas que van juntas al servicio, si no fuera porque me había excitado tanto que me costaba respirar.

Y dije algo. No recuerdo exactamente qué. Creo que fue un susurro. Quizás un gemido. Lucía, que en ese momento se estaba limpiando con un trocito de papel levantó la cabeza y me miró fijamente. Me clavó unos hermosos ojos verdes que brillaban de forma sobrenatural detrás de sus greñas morenas. Se levantó y con las braguitas y los pantalones encadenándole los tobillos, se acercó a mi pasito a pasito dejando caer su cuerpo sobre el mío como si quisiera incrustarme en la pared. Sus manos cogieron las mías y las llevó a sus muslos, a sus nalgas, a su coñito. Se acariciaba convulsivamente con mis manos atrapadas entre las suyas y su piel mientras nos devorábamos la boca, la lengua, el cuello, las mejillas, las orejas. A pesar de la música, nuestros jadeos sonaban potentes e inmensos; teníamos que dar autenticas bocanadas, como los peces, para poder coger aire entre beso y beso. Y de repente:

-¡Ya está bien… no! – alguien golpeaba la puerta del baño - ¿Salís ya o qué?.

Dios… como son las cosas. Aquel momento increíblemente mágico, se transformó en un instante en una escena cómica cuando abrimos la puerta mientras Lucía se subía los pantalones y nos dimos de bruces con las caras de aquellas dos rubias con el ceño fruncido y los ojos como platos.

Salimos del baño riéndonos a carcajadas, cogidas de la mano, comiéndonos la boca cada cuatro pasos. Cuando llegamos junto a Jose y Aurora, se miraron y nos regalaron una sonrisa de complicidad.

-¿Os venís a mi casa? – nos preguntó Jose - He pillado una cosita y tengo una botella de Jack – y me lanzó un guiño.

Su casa estaba a unos cien metros del local. Los cien metros más largos de mi vida. Pensaba que en cualquier momento no podríamos soportarlo y nos arrancaríamos la ropa en cualquier esquina. Supimos aprovechar los segundos que Jose tardó en abrir la puerta del portal; los segundos que tardó en llegar el ascensor, los segundos que tardamos en llegar al piso; segundos largos y eternos. No sé como pudimos llegar vestidas al sofá y sentarnos una al lado de la otra. Jose y Aurora de pie frente a nosotras, nos miraban y sonreían de oreja a oreja. Me di cuenta que éramos las dos la misma mezcla de olores, sudor y saliva; que teníamos las manos mojadas del mismo caldito calentito que nos corría por entre las piernas. Olíamos a sexo con mayúsculas. Nos miramos, nos sonreímos, miramos a Jose y Aurora que seguían allí de pie como esperando algo, sin dejar de sonreír; y sin mediar palabra, Lucía se quito la camiseta dejando al descubierto dos pechos pequeñitos y morenos que empecé a lamer mientras nos arrancábamos la ropa… pero eso, os lo contaré en otro momento…

Escrito por Lila.



FECHA:  11/05/2008
LEIDO: 1893 VECES
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